La vida de casi toda la población se pierde en la historia sin dejar rastro. Al final, solo transcienden las batallas y el politiqueo.

Hace tiempo estuve curioseando en unas cajas que contenían objetos de mi abuela. Entre ellos encontré un viejo cuaderno de cuentas que debía tener muchos años. Cuál no sería mi sorpresa cuando descubrí que poco más delante de las anotaciones empezaba una narración. Mi abuela había escrito su autobiografía.

Contaba su infancia, cómo tuvo que asumir el puesto de su padre a su muerte, su encuentro con mi abuelo, el nacimiento de sus hijos…Terminaba expresando lo feliz que se sentía tras las calamidades sufridas. Todo eso en seis páginas. De no ser por el azar, ese minúsculo pedazo de historia se hubiera perdido. Y es que la historia es, en esencia, un gran agujero negro.

En bachillerato aborrecía esta asignatura por lo que era: una colección de fechas, reyes, batallas y politiqueo. Es lo que queda, y es a lo que suelen prestar atención los historiadores, que parecen disfrutar contando la vida de los imperios y no la de sus gentes. De hecho, hasta finales del siglo XIX solían desdeñar los acontecimientos comunes. Quien cambió todo eso fue el joven topógrafo británico William M.Flinders, que llegó a Egipto dispuesto a medir las pirámides de Guiza y por cuyos pasadizos se paseaba desnudo para escándalo de los turistas.

Hoy, la vida cotidiana en cualquier periodo es objeto de estudio –los libros de Jean Verdon sobre el Medievo son fascinantes-, pero creo que persigue una quimera. Cuando los historiadores futuros escriban sobre estos días, quizá ventilarán en una frase el sufrimiento de miles de familias echadas de sus hogares por no poder pagar sus deudas.

Hablarán de luchas de poder y corruptelas; convertirán en relevante lo que hacía el 1% de la población, y lo sucedido con el 99% restante se reducirá a un par de palabras, quizá a estas: “malestar social”. Los estudiantes del futuro conocerán los nombres de los presidentes del Gobierno, esos que, por defecto, reciben la Orden de Isabel la Católica, que premia (y véase la ironía) “aquellos comportamientos extraordinarios de carácter civil, realizados por personas españolas y extranjeras, que redunden en beneficio de la Nación”.

Pero la verdadera historia, la que ocupa seis míseras cuartillas, estará perdida.

La verdadera historia

Fuente: Miguel Ángel Sabadell (Muy Interesante)

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