Si Facebook hubiera dejado de aceptar nuevos usuarios desde 2018, un mínimo de 1.400 millones de sus usuarios morirían antes del año 2100, convirtiendo dicha red social en un auténtico cementerio digital. Si la red continua con su actual ritmo de expansión, este número superaría los 4.900 millones.

Estos son los datos proyectados por un estudio, publicado en junio de 2019 por Carl J. Óhman y David Watson, de la Universidad de Oxford (Reino Unido), que analiza la futura acumulación de perfiles pertenecientes a usuarios de Facebook fallecidos.

Aunque el estudio se basa en la mayoría de los perfiles que pertenecerán a usuarios no occidentales, la investigación se basa en la preservación digital y en los desafíos que surgen para determinar qué hacer con los perfiles de los difuntos, así como en el enfoque comercial de la conservación de sus datos, lo cual plantea importantes riesgos éticos y políticos que exigen una consideración urgente.

¿Se están apoderando los muertos de Facebook? ¿Se convertirá Facebook en un cementerio digital? Los zombis digitales ya llevan tiempo con nosotros, pero no los vemos.

En este artículo desgranamos dicho estudio.

El famoso estudio sobre los muertos de Facebook

Los usuarios de Internet dejan grandes cantidades de datos en la red al fallecer, lo que es conocido comúnmente como rastro o huella digital. Este fenómeno aumenta de forma exageradamente exponencial cada minuto en todo el mundo. Los estudiosos del derecho y áreas afines llevan tiempo investigando nuevos dilemas y escenarios derivados de la herencia de patrimonios digitales y cuestiones de privacidad post mortem en la red.

Los sociólogos y antropólogos se interesan cada vez más en los nuevos tipos de relaciones “para-sociales” y la continuación de los lazos que nos siguen uniendo. Incluso, seguimos interactuando con los difuntos (más bien con sus perfiles) en la red cuando ya no están. Hasta en filosofía ha habido un creciente interés por lo ontológico y lo ético sobre el estado en que quedan los restos digitales de una persona.

En resumidas cuentas, la muerte digital se ha convertido rápidamente en un área de investigación diversa y en pleno auge. En este sentido, en Mi Legado Digital fuimos unos visionarios y pioneros en dar solución a esta necesidad inherente en una sociedad moderna y extremadamente cada vez más digital.

A pesar de esta amplitud de perspectivas, pocos estudios han explorado hasta ahora los aspectos macroscópicos y cuantitativos de la muerte digital. Si bien la investigación filosófica de los aspectos a pequeño nivel son esclarecedores, la expansión global del fenómeno, así como su futuro desarrollo, siguen siendo inciertos.

La ausencia de una minuciosa investigación empírica a nivel global dificulta la formulación de un análisis crítico del impacto general de la muerte digital a largo y a corto plazo. Esto es problemático, no sólo porque los investigadores a menudo motivan la importancia del tema aludiendo a su presunto tamaño y crecimiento, sino, también, porque hay razones para creer que la muerte digital aumentará en importancia a medida que más personas en todo el mundo se conecten y aumenten las cifras de mortalidad.

¿Se están convirtiendo las redes sociales en un cementerio digital? Si es así, ¿Cómo es geográficamente el fenómeno? ¿Está repartido? Y quizás más importante, ¿Qué desafíos éticos y políticos surgirían de tal desarrollo? A pesar de la naturaleza algo alarmante de estas preguntas, hasta ahora han habido pocos intentos para dar respuestas rigurosas.

Para abordar esta vacío y sentar las bases para un análisis más global adicional, el estudio establece estimar el crecimiento de los restos digitales a lo largo del curso del siglo XXI, utilizando la mayor plataforma (Facebook) como caso de estudio.

La política de Facebook sobre usuarios fallecidos ha cambiado un poco durante los últimos años, pero el enfoque actual consiste en permitir que los parientes de un usuario fallecido puedan convertir la cuenta del usuario en una cuenta conmemorativa o eliminarla para siempre. El foco de este estudio, sin embargo, no solo se centra en los perfiles conmemorativos, sino en todos los perfiles pertenecientes a usuarios fallecidos, ya sean recordados o no.

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El estudio en cuestión plantea dos preguntas de investigación:

  1. ¿Cuál será el número total de perfiles de Facebook pertenecientes a usuarios fallecidos durante el transcurso del siglo XXI?
  2. ¿Cómo será la distribución geográfica de esos perfiles de Facebook de usuarios fallecidos?

El análisis protagonista del estudio se realiza en dos etapas bien diferenciadas, denominadas por los autores como escenario A y escenario B.

En el escenario A, se estableció un cese inmediato de registro de nuevos usuarios a partir de 2018 para predecir la acumulación resultante de perfiles muertos para cada país en el mundo. Es decir, se definía el supuesto de que a partir de 2018 ya no se podría registrar nadie más en Facebook. Esto, efectivamente, establecía una base sobre el posible crecimiento de perfiles muertos en la red. Para llevar a cabo el análisis, se utilizó un conjunto de datos públicos de mortalidad proyectada desde el año 2000 al año 2100, distribuidos por grupos de edad y nacionalidad. Estos datos se compararon con el número total de usuarios de Facebook en ese momento (el de la fecha de toma de datos para el estudio), extraídos de las estadísticas de audiencia de Facebook (a través de su API) para cada país y grupo de edad. Esto permitió estimar el número de usuarios de Facebook que se espera que mueran en cualquier momento dado por país y año.

En el escenario B, se ampliaba el análisis a un escenario hipotético para el crecimiento futuro de Facebook, suponiendo que la red seguiría creciendo a un ritmo del 13% anual hasta alcanzar una tasa de penetración del 100% para cada país, año y grupo de edad. Si bien parece poco probable dicha estimación, sí proporciona un techo para la acumulación de perfiles de usuarios fallecidos. En conjunto, con la base definida en el escenario A, este techo define la muestra dentro de la cual podemos esperar el número real de perfiles muertos que habrá.

Al concluir el estudio, se indicaron los hallazgos dentro del contexto más amplio de la preservación digital. Se plantearon preocupaciones sobre el dominio actual de gestión de datos comerciales, y se advertía que se puede limitar el acceso de las generaciones futuras a los datos históricos. También se argumentaba que los perfiles de los fallecidos son valiosos en formas que no pueden ser cuantificadas en términos puramente económicos, razón por la cual se defendía que las múltiples partes interesadas en dichos datos deben acercar posturas en una política explícita y de buenas intenciones.

Si los datos se conservan únicamente en base a la rentabilidad corporativa, se indicaba que consideraciones no económicas (por ejemplo, las éticas, religiosas, valor científico e histórico de los restos digitales) pueden ser descuidadas y olvidadas. Nuestro patrimonio digital es difícil de medir en euros o dólares. Pero lo conforma todos nuestros activos o bienes digitales. Y en su cómputo global, en su totalidad, sí tienen un valor. Lo difícil es cuantificarlo.

Algunos datos sobre los muertos de Facebook

En el estudio se utilizaron tres tipos de datos para llevar a cabo el análisis: mortalidad proyectada para el siglo XXI, distribuida por edad y nacionalidad; datos de población proyectada a lo largo del siglo XXI, también distribuidos por edad y nacionalidad; y los totales actuales de usuarios de Facebook para cada grupo de edad y país.

Las tasas de mortalidad se calcularon con base en datos de la ONU, que proporciona el número esperado de muertes y población total de todos los países del mundo. Los números están disponibles para cada grupo de edad desde 0 a 100 años, dividido en intervalos de cinco años, y todos los años del siglo XXI desde el 2000 al 2100, igualmente divididos en intervalos de cinco años.

Las estimaciones se basan en datos oficiales del gobierno de cada país, y en algunos casos en fuentes externas. No está claro a partir de los datos cómo la precisión varía según el país y el año. Todas las proyecciones son informadas como estimaciones puntuales, sin errores estándar o intervalos de confianza.

Los datos de Facebook fueron extraídos de su página de estadísticas de audiencia usando un script de Python personalizado que extrae cifras de los usuarios mensuales activos de Facebook por país y edad. Estas estimaciones se basan en la edad que los propios usuarios de Facebook han puesto en su perfil (teniendo en cuenta que muchas personas mienten con este dato) y proporciona un límite inferior y un límite superior para acotar los totales de usuarios de todas las edades y nacionalidades. Por ejemplo, hay entre 15 y 20 millones de ciudadanos indios de 25 años en la red social de Facebook. La variabilidad aumenta con recuentos de usuarios, los cuales se informan en números redondos divisibles por 5 o 10, lo que sugiere que no son entendidos como estimaciones serias de errores estándar o intervalos de confianza. El estudio tomó el punto medio de cada grupo de edad del país para el análisis.

La API de información de la audiencia de Facebook proporcionó la estimación más completa disponible públicamente sobre el tamaño y la distribución de la red. Sin embargo, el estudio recalca varias limitaciones de este conjunto de datos. En primer lugar, existen dudas razonables sobre la precisión de los usuarios activos mensuales comunicados por Facebook. La red social fue demandada en esa época por presuntamente inflar estos números con la intención de cobrar más de lo debido a los anunciantes, y Facebook señala explícitamente que sus estimaciones no están destinadas a ser emparejadas con datos de población. Además de estas preocupaciones sobre falsos positivos, también era de esperar falsos negativos debido a usuarios que visitan la red social menos de una vez al mes. Desafortunadamente, es imposible decir exactamente cómo esto afectó los resultados del estudio sin detalles más finos en la distribución de errores.

En segundo lugar, los datos excluyen a los usuarios menores de 18 años, lo que impidió evaluar la actividad de la red entre 13 y 17 años (Facebook requiere que todos los usuarios que se registran tengan al menos 13 años de edad, de ahí que muchos usuarios mientan para registrarse). Debido a la relativamente baja (aunque variada) tasa de mortalidad de este grupo de edad, la falta de los datos no deberían tener mucho impacto en la proyección hasta relativamente avanzado el siglo.

En tercer lugar, los usuarios de más de 65 años de edad se ubican todos en la misma categoría de edad. Esto arroja datos menos detallados sobre las tasas de penetración entre los ancianos. Pero como se puede observar en el siguiente apartado de este artículo, este problema se puede mitigar extrapolando un ajuste suave de la curva a los datos de los usuarios más jóvenes.

Finalmente, cabe destacar que este estudio está dedicado al desarrollo futuro de la muerte en Facebook y, por lo tanto, deja fuera de la muestra a los usuarios ya fallecidos que aún siguen teniendo cuenta en la red social, aunque no estén activos. Si se tuviera que tener en cuenta el número actual de perfiles de usuarios fallecidos se requeriría de un histórico de datos sobre la distribución por edades de los usuarios de Facebook en varios países, que actualmente son inaccesibles a través de la API de la red social. Además, el objetivo del estudio es representar una tendencia más amplia a largo plazo, en la que los números actuales juegan sólo un papel ilustrativo.

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Resultados obtenidos del estudio de los muertos en Facebook

En cuanto a la metodología utilizada para realizar el estudio y los modelos establecidos para la obtención de los datos, no voy a mencionar nada que no diga el informe del estudio, así que pineso que lo mejor es que lo descubras personalmente: aquí te dejamos el informe sobre el estudio «Are the dead taking over Facebook?».

Según el escenario A, se estima que unos 1.400 millones de usuarios de Facebook mueran entre 2018 y 2100. Bajo este escenario, el número de muertes por año en Facebook crecería constantemente durante las próximas cinco décadas, alcanzando un máximo de más de 29 millones en 2077 antes de desacelerar a través del resto del siglo. La suma global de perfiles muertos supera los 500 millones en 2060 y mil millones en 2079. Tomando como referencia estas suposiciones conservadoras, los muertos superarán a los vivos en Facebook en aproximadamente 50 años.

Sin embargo, que se haga realidad el escenario A es muy poco probable, pues sólo una catástrofe impediría que Facebook siguiese registrando nuevos usuarios. Es entonces cuando entra el escenario B, el cual establece un «techo» en la evolución del número de nuevos usuarios, donde se estima que Facebook seguirá teniendo un crecimiento global del 13% anual hasta llegar al 100% de penetración en todos los mercados.

Esta tasa de crecimiento continuo multiplica por 3,5 el número esperado de perfiles muertos en Facebook, llegando a una suma total de 4.900 millones. En este escenario, los perfiles muertos no muestran signos de exceder a los vivos dentro de este siglo. Sin embargo, la proporción sigue siendo sustancial, y es probable que los muertos alcancen la paridad con la vida en las primeras décadas del siglo XXII.

En resumen, ambos escenarios son inverosímiles. Los verdaderos números casi con seguridad se encuentran en algún lugar intermedio entre los escenarios A y B. A pesar de ello, en el escenario conservador A, los números son grandes e, indudablemente, Facebook tendrá cientos de millones de usuarios muertos para el año 2060, si no es antes.

Conclusión del estudio de los muertos en Facebook

Este estudio sobre el crecimiento de cuentas de usuarios muertos de Facebook marca el primer paso hacia la exploración empírica de los aspectos macroscópicos y cuantitativos de la muerte en las redes sociales. Los resultados deben interpretarse no como una predicción del futuro, sino como un comentario sobre el presente, y una oportunidad para responder con intervenciones políticas reflexivas y eficaces.

Sin duda, existe mucha incertidumbre en proyecciones de este tipo, y también deben tenerse en cuenta las ya dudas intrínsecas en la naturaleza de los datos. Por ejemplo, no sabemos si habrá un cambio cultural significativo entre los usuarios hacia la eliminación de perfiles (ya sean propios o de familiares fallecidos, posibilidad entregada al contacto de legado designado). También es posible que Facebook vaya a la quiebra inesperadamente en el futuro, invalidando así los supuestos subyacentes a los modelos del estudio. Hay que recalcar que la longevidad de las redes sociales depende de su capacidad para evolucionar, y a pesar del éxito de la última década, aún no sabemos si Facebook logrará hacer esto en el futuro ni cómo lo hará.

Pero esto no tiene nada que ver con el aspecto más importante del estudio, que no es otro que el de abrir un debate sobre la muerte digital y sus efectos a gran escala, donde se necesitan con urgencia implicaciones inmediatas. Facebook es simplemente un ejemplo de lo que le espera a cualquier plataforma con similar conectividad y alcance global. Además, la repentina disolución de Facebook posiblemente haría que el tema fuese aún más importante, ya que la empresa puede estar obligada a vender o eliminar sus datos de usuario. Un duro golpe a las finanzas de Facebook podría forzar un rediseño de la plataforma con importantes implicaciones para sus usuarios usándolo actualmente como un sitio conmemorativo, como le ocurrió a MySpace en 2013, donde eliminó funciones utilizadas por los familiares que gestionaban cuentas conmemorativas. Suponemos que Facebook o algo parecido seguirá existiendo en el futuro inmediato.

Cada individuo que deja un perfil representa un evento único por derecho propio, que a menudo nos deja con cuestiones difíciles de herencia de activos digitales y privacidad póstuma online. Pero juntos, la totalidad de estos casos equivale a algo más allá de la suma de sus partes. La herencia de los datos personales dejada por los muertos digitales son, o al menos se convertirán, en parte de nuestro patrimonio cultural digital compartido, lo que puede resultar de un valor incalculable, no sólo para los futuros historiadores, sino para las generaciones futuras como parte de su registro y autocomprensión. Como dice Matt Raymond, el ex director de comunicaciones de la American Library of Congress al recibir una gran donación de datos de Twitter:

«Individualmente los tweets podrían parecen insignificantes, pero vistos en conjunto, pueden ser un recurso para que las generaciones futuras entiendan la vida en el siglo XXI».

A pesar de su aparente inmortalidad, la información digital es más frágil de lo que a veces se supone, y el futuro del acceso está lejos de estar garantizado, incluso para el mismo Facebook. Los formatos de archivo cambian, el hardware debe ser actualizado, y los datos deben ser administrados continuamente y organizados para seguir siendo útiles.

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Los mismo ocurre con los restos digitales en Facebook: el proceso cultural y/o ético para seleccionar qué datos vale la pena conservar y cómo conservarlos, es inseparable de las limitaciones económicas que inducen a la pregunta. Pero, ¿Cómo se determina qué vale la pena conservar? Esto requiere un marco normativo, uno o varios principios rectores que nos ayuden a determinar el valor de los datos.

Por ejemplo, para una empresa, lo que hace que “valga la pena conservar” los datos es su capacidad para contribuir directa o indirectamente al beneficio de la propia empresa. Los perfiles conmemorativos aún pueden cumplir la función de atraer usuarios vivos que visiten el perfil para honrar su memoria y recordarlos. De hecho, hace tiempo en Facebook incluso se podía entender como un tipo de trabajo. Mientras que el tráfico (indirecto) generado por parientes del duelo no puede resultar por sí solo en suficientes clics y exposición para cubrir los costos de conservación de los perfiles de usuarios fallecidos, todavía podría cumplir la función indirecta de apropiarse de funciones sociales centrales como el duelo o el amor. Es más, los conjuntos de datos de restos digitales también se pueden utilizar para la formación de nuevos modelos y para la extracción histórica de conocimiento, la cual puede proporcionar una valiosa ventaja de mercado. Pocos obstáculos legales se interponen en el camino de tal experimentación, ya que los usuarios fallecidos no están, al menos según la legislación vigente en materia de RGPD, protegidos del mismo modo que los usuarios vivos.

Aunque tanto el tráfico generado por los familiares de usuarios fallecidos como la formación interna de nuevos modelos son posibles usos de los restos digitales, no garantizan rentabilidad a largo plazo. Si el valor económico de los perfiles de usuarios fallecidos se volviese negativo, las fuerzas del mercado obligarían a una empresa a eliminarlos.

Por lo tanto, hay que tener en cuenta la importancia de descentralizar el control sobre el conjunto de los restos digitales. La concentración de datos históricos en manos privadas puede resultar problemático por razones políticas o económicas. Si bien es cierto que el ámbito es totalmente digital, los restos a menudo se distribuyen en múltiples plataformas y medios, aunque cada vez más el control de los datos personales (y por tanto de los restos digitales) se concentran en un pequeño número de actores globales (Facebbok, Google, Amazon, Microsoft…). Y, como tan hábilmente observó Orwell en 1984, los que controlan nuestro acceso al pasado también controlar cómo percibimos el presente. Entonces, para poder prevenir un futuro posiblemente distópico de asimetrías de poder y narraciones históricas distorsionadas, la tarea por delante es poder diseñar y crear una solución sustentable y digna que tome en cuenta múltiples partes interesadas y valores. Esta inevitablemente requiere una descentralización del control y de la propiedad de nuestro patrimonio digital colectivo.

El conocimiento académico será clave en este proceso. Los investigadores están encargados no sólo de proporcionar análisis a nivel global, sino también de proporcionar conocimiento cualitativo de cómo los individuos en diferentes culturas y contextos sociales dan sentido a la muerte digital.

El estudio protagonista de este artículo ha proporcionado la primera proyección rigurosa de la acumulación de perfiles de Facebook pertenecientes a usuarios fallecidos. Entonces, ¿tomarán los muertos el control de Facebook? El estudio solo concluye que cientos de millones de perfiles de usuarios fallecidos se sumarán a la red en las próximas décadas solo, y que los muertos bien pueden superar en número a los vivos antes de fin de siglo, dependiendo de cómo evolucionen las tasas globales de penetración de usuarios. Independientemente de cómo la red crezca en los próximos años, la gran mayoría de los perfiles muertos pertenecerán a usuarios de países no occidentales.

Teniendo en cuenta su alcance global, la totalidad de los perfiles de usuarios fallecidos equivale a algo más allá de la suma de sus partes. Estos perfiles se están convirtiendo en parte de nuestro registro colectivo como especie, y puede resultar invaluable para las generaciones futuras. Un enfoque de múltiples partes interesadas es la mejor manera de gestionar un archivo tan amplio. La responsabilidad recae ahora en los políticos y la industria para estar a la altura de estos desafíos.

Afortunadamente, Mi Legado Digital es una parte protagonista de este escenario, ya que cuando lanzó su plataforma en 2014 ya contemplaba la necesidad objeto de este estudio, ofreciendo así la posibilidad a los usuarios de decidir qué hacer con su patrimonio digital al fallecer.

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